Por Flavia Liberona, Directora Ejecutiva de Fundación Terram
Chile es reconocido
como un país con características ecológicas exclusivas. Sus condiciones de
aislamiento han posibilitado la existencia de ecosistemas únicos, especies
endémicas y es centro de origen de al menos tres especies agrícolas: papas,
frutillas y tomates.
Desde 1992, en Chile
se ha autorizado el desarrollo de cultivos transgénicos para la producción de
semillas de contratemporada, los que paulatinamente han aumentado en
superficie, número de especies y modificación genética.
Según datos oficiales
del Servicio Agrícola y Ganadero (SAG), Chile pasó de cultivar unas 20
hectáreas de transgénicos en 1993, a más de 25.000 hectáreas el año pasado,
aunque no es posible descartar la existencia de cultivos no autorizados por el
SAG.
La dificultad para
acceder a la información provoca desconfianza y permite sospechar que lo que se
conoce es sólo parte de la realidad.
Recientemente, a
través de un informe del Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos
(Inta), se supo de la contaminación desde cultivos transgénicos a
tradicionales.
Por ahora, se
desconoce el real alcance de esta contaminación y es imposible sopesar sus
consecuencias, sean negativas o positivas. Por lo mismo, esto amerita una
investigación mayor, pues conlleva el riesgo de perder importantes mercados
para productos convencionales en países altamente restrictivos.
Tampoco hay avances
en el establecimiento de un marco regulatorio para estos cultivos, y ni
siquiera es obligatorio el etiquetado de alimentos transgénicos.
Todo intento por promover
una legislación en este sentido ha fracasado y, hasta ahora, sólo existen
regulaciones administrativas para cultivos y salud, pero sin información
pública.
Hoy, con la
información disponible, es posible afirmar que existe presencia de organismos
genéticamente modificados en diversos rubros de la economía nacional:
agricultura, alimentación, salud, forestal, minería, e investigación y
desarrollo.
Cada cierto tiempo el
debate sobre los transgénicos se repone en el país, sin embargo, no se ha
generado un debate profundo al respecto.
Para poder hacerlo se
requiere de elementos fundamentales, que hasta ahora no se encuentran, tales
como: saber la ubicación precisa de los lugares de cultivo, conocer las
variedades de transgénicos que se cultivan y que exista la voluntad de regular.
Al igual que en lo
relativo a la rotulación de alimentos, los ciudadanos tienen derecho a saber y
elegir de manera informada.
Por ahora, los
gobiernos no han cumplido con su deber de mantener a los ciudadanos informados.
La carencia de
información pública siempre genera desconfianza en la ciudadanía.
En temas relacionados
con transgenia y biotecnología, la desconfianza es mayor, ya que su presencia
ha generado siempre controversia, precisamente porque existe una serie de
incógnitas.
Hoy, sólo si se
trabaja seriamente en mejorar el acceso a la información, será posible avanzar
en la construcción de una mirada país con una propuesta de política pública que
defina lo que queremos para Chile en esta materia.
Es
imprescindible hacer una evaluación social, ambiental y económica que dé cuenta
de los impactos positivos y negativos que ha tenido para Chile el desarrollo de
cultivos transgénicos, la no rotulación de alimentos, la promoción y entrega de
fondos públicos para distintas áreas de la investigación, así como trasparentar
la información sobre la ubicación de estos cultivos.
















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